A finales del siglo XVIII y
principios del XIX, cuando aún no existía la arqueología se vivió un verdadero boom
de excavaciones, sobre todo a partir de descubrimientos como Troya (Schliemann),
Tutankamón (Carter), Cnosos (Evans), Karkemish (Smith) etc, además la historia
del primero dejaba claro que no hacía falta tener mayores conocimientos
arqueológicos ni históricos.
Europa se llenó de gentes que se
dedicaron a horadar, agujerear, escarbar, cavar, hurgar, raspar… el suelo de
cualquier lugar en cuyo nombre aparecieran las palabras hada, bruja, ogro, troll
o cualquier otro ente mitológico y, en España, moro. Gente, que ya hemos dicho, tenía poco conocimiento ( y a veces ninguno) sobre el tema y muchas veces tampoco respeto por lo que
estaban haciendo; el sueño de muchos era pasar a la historia por haber
descubierto algún tesoro con mucho oro y piedras preciosas como el Tesoro de Príamo
(Troya), los vasos de Vicarello o los objetos de plata de Hildesheim, por ejemplo; incluso existía el “modelo
tasquero”, es decir el que se sentaba a la fresca en la tasca del lugar
mientras los lugareños horadaban, agujereaban, escarbaban, escardaban… en busca
de cacharros que después de un examen más o menos exhaustivo eran comprados por
el “director de la excavación”.
Como sabe cualquier admirador de
Agathe Christie, en esa época en que los museos eran un invento reciente y los países
no tenían leyes de protección del patrimonio a los objetos encontrados se les
aplicaba la ancestral ley del “rex nulluis” y por tanto era del que lo
encontraba que podía quedárselo, venderlo o regalárselo a su amorcito.
La Bastida (Totana, Murcia) es uno los yacimientos más importantes
de Europa. Es una ciudad de la cultura argárica (Edad de Bronce, entre 3300 y 1200
a C.) de unas 4 hectáreas de extensión, y se la considera importante para
estudiar una de las primeras culturas clasistas. Fue excavada por primera vez
en 1869 por un ingeniero de caminos y 18 obreros durante tres días, suficiente
para escribir una ponencia con una descripción de los principales hallazgos que
se presentó en un congreso en Copenhague, lo que despertó el interés de algunos
excavadores (me niego a llamarles arqueólogos).
En la campaña de 1886 se hicieron
famosos dos totaneros, Bernardo Marín Díaz a) El Rosao y Francisco Serrano
Cutillas a) El Corro, por su buen ojo/buena suerte encontrando cacharrería argárica
de buena factura y casi siempre intacta. Este par de individuos vendían/ eran
gratificados por el director de la excavación que una vez autentificados los
hallazgos (por él mismo) los volvía a vender a museos y coleccionistas particulares.
La cacharrería encontrada fue comprada y expuesta en el Louvre, el British Museum,
el arqueológico de Berlín etc. Un buen día se presentaron con una especie de botijo
panzudo y con el cuello largo (para los más ancianos/as una botella modelo Calisay)
que dejó desconcertado al director, no es que el modelo le fuera desconocido
pero ¿Eso y Aquí? ¡Imposible! El Corro y El Rosao se defendieron ante tal duda y
para demostrar la verdad de su hallazgo mostraron más objetos “que no debían
estar allí” pero estaban. Algún artículo se escribió intentando demostrar que
sí era posible que Eso estuviera Aquí hasta que alguien se dio cuenta de dos
detallitos de nada:
1- 1- Si
bien El Corro y El Rosau habían encontrado algún idolillo de piedra, de mala
calidad dicho sea de paso, su “especialidad” era la cacharrería de cerámica.
2- 2- El
Corro y El Rosao, en su vida civil eran… ALFAREROS!!!
Evidentemente se avisó a museos de
estas sospechas y la mayoría de ellos retiraron sus objetos excepto el Britsh
que a día de hoy los sigue exhibiendo, asegurando y aseverando que sus expertos
los han analizado y estudiado y que son ¡Auténticos!
En 1920, el arqueólogo Juan
Cuadrado se entrevistó con El Corro y no es que éste diera muchos detalles pero
reconoció que empezaron su carrera como “saqueadores” pero después decidieron lo
más fácil para encontrar piezas era fabricarlas. Las hacían en sus talleres, después
las cubrían con tela empapada en agua de mar durante varios días, posteriormente
las enterraban varias semanas en boñiga de caballo y por último unos días bajo
la arena de la playa y ¡Hala! A encontrarlas. El principio del fin llegó cuando
consiguieron que el cura del pueblo les regalara/prestara/cediera un libro con fotos
de cacharros viejos que ellos imitaron tan bien como siempre, el problema es
que ni El Corro ni el Rosao sabían leer y no se dieron cuenta que el libro era
un tomo de “La Ilustración Española y Americana” y se habían dedicado a fabricar
¡Cerámica Inca!
A este punto hay quien habla de
un tercer personaje, Francisco Cayuela, de profesión, señorito, quien habría
sido la cabeza pensante y cuando éste lo dejo los alfareros acostumbrados a
vender sus piezas a más de 5 pesetas cada una (un sueldo diario normalito eran 3
pesetas y el de un jornalero del campo 1,5) decidieron seguir solos con el
negocio y fue su fin.
Y aquí comienza una serie de
preguntas:
¿Eran El Corro y El Rosau un par
de vivales que se aprovecharon de los sabihondos con ínfulas urbanitas?, ¿Eran
un par de cuitados de los que aprovechó el señorito?, En el primer caso son
culpables de fraude, sin duda ¿Y en el segundo?, ¿Fue el suyo un fraude científico o eso sólo lo pueden hacer los sabios?, ¿Y qué pasa con los autentificadores?,
¿Autentificar sin dominar el tema es fraude?
Y la pregunta más importante de
todas: ¿Es este artículo un fraude?
La causa del fin de El Corro y El Rosau